Tengo 35 años y mi cuerpo ya no es el mismo. La lógica del paso inexorable del tiempo dice que lo que está parado y firme a los felices 20, a los 30 empieza su caída libre; que la celulitis no tiene piedad ni discrimina entre altas, flacas, gordas, o bajas; y que el metabolismo mágico del que nos jactábamos empieza a tambalear y a mostrar un cuerpo desconocido, propio de una época en la que ya las caderas se muestran sin disimulo y todo lo que ingerimos decide concentrarse en algunos puntos cruciales de nuestra figura y parece no querer irse nunca más.
En este contexto poco promisorio, el fin de semana tuve la genial idea de salir a comprar un jean. Algo tan simple como eso se convirtió en una odisea.
Caminé varios shoppings, visité innumerables marcas y volví locas a unas cuantas vendedoras, hasta que me di cuenta de dos cosas. Una, el invierno fue cruel. Aumenté dos talles, y aumentar dos talles en este mundo de la imagen perfecta no es poco. Dos, lo que antes era un 26 hoy le sirve a un 24. Así que tuve que empezar a barajar otros números.
Después de mucho recorrer encontré el jean perfecto, por supuesto, dos talles más grande de los que tengo archivados en mi vestidor. Pero también, y por suerte, comencé a reconocerme en el espejo, a aceptar las diferencias de aquella que fui hace 10 años.
Tengo 35 años y mi cuerpo ya no es el mismo. Es un enunciado difícil de pensar, de verbalizar y mucho más difícil de admitir. Como ejercicio diario hay que mirarse con objetividad y algo de crítica, reconocer en el espejo a ese cuerpo que habla, y dice mucho de la mujer que se ve reflejada. Al margen de todo, a partir de ahora, además del gym y los postres light se viene la parte más divertida: salir de shopping y “agrandar” mi vestidor.
* Sol Ytuarte
Directora Editorial
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